Primeros días, nueva casa y más pavadas para leer en el baño.

 Buenas, ¿cómo andas?

Empiezo agradeciendo los comentarios que me han hecho llegar, de verdad, gracias. Vagonbar, 3G y Santicaf encabezan la lista por haberlos realizado a través deeste moderno (pero ya viejo) medio de comunicación.

Quiero seguir corrigiendo un #dato de la vez pasada. El hijo de Juan no se llama Juan Pablo, sino Juan Manuel. Parece un detalle, pero dado que hay varios Juanes toma mayor relevancia. En cualquier caso, yo le digo Juan Jr, así que estoy a salvo del error en tiempo real.


Por eso siempre recomiendo ponerle apodos a la gente. Por ejemplo a los estudiantes, llegan 36 personas nuevas al inicio del semestre, es muy difícil aprenderse que uno se llama Arturo que se sienta adelante de Álvaro, aquel que es José se sienta con un Juan, y no faltan casos de una Marisa al lado de una Melisa. Pero usando apodos alusivos a características más particulares del estudiante, como “el artiguense”, “el que pregunta siempre”, “el de gorrito” o “el orejón”, no corres tanto riesgo de confundirlos. Ojo, tenes que tener cuidado de que no se te escape un “¿cómo va, pregunton?”, eso de los apodos tiene que quedar para las conversaciones entre docentes.


El nuevo hogar


Ya voy a cumplir una semana en la nueva casa en que estoy. Los últimos días en la casa de Camila (el primer apartamento al que llegué) terminaron sin pena ni gloria: diría que trabajando y con algunos altibajos. Tuve que buscar trabajos similares para escribir el “estado del arte” en un artículo (“en qué anda la ciencia que hace cosas parecidas”) y todos me parecieron un poco más complejos (completos?) que lo que yo hago. Así que bueno, eso sumado a las dificultades de chatgpt para programar algo que le estaba pidiendo hacía un buen rato sirvió para ir sumando algunas frustraciones, que tuvo su pico el día Miércoles. El Viernes me quedé en casa, y aproveché para limpiar, lavar ropa y almorzar un kebab muy bien puntuado en guglemaps (y con razón) que me quedaba cerca de esa casa.


Ya hacia la tarde salí con mis pertrechos hacia mi nuevo hogar, y tuve que tomarme un bondi que se llenó bastante. Y yo jodiendo con mi valija, pero bueno, queselevahacer, alguna mirada molesta de un veterano (alemán? turco? ni idea). Justo se subieron como tres personas con carritos de bebés, y hubo que ir sorteando obstáculos, uno de ellos siendo mis cachivaches. Llegué justito para la reunión que tenía con mis tutores, y saludé muy rápido a una muchacha que dijo ser de Istanbul, haber llegado hacía como una hora y que estaba limpiando la heladera. Después de la reunión pude hablar un poco más.


Yelda es judía sefaradí de Estambul, tiene 35 años, y en principio uno diría que es medio darky punkilla. Habiendo aclarado que era anti Erdogan y pro Palestina, todo parecía ir a buen puerto. Compartimos los víveres que había traído de mi casa anterior, y me contó que trabaja en limpieza de un hospital, mientras junta plata para irse a otro lado. Al parecer Viena no le gustó nada. Sobre Yelda puedo agregar que estudió maquillaje en Canadá, y hace arte con cerámica, de "eyes and vaginas" (supongo que quiso decir vulvas). Para mí que le quiso regalar su arte a su abuela y le dijo “¡qué lindo este pendiente de ojo!”, o quiso hacer una de las dos, le quedó un poco deforme y amplió su repertorio.


La casa no tiene comedor, o living, o una mesa en la cocina: son 3 cuartos en cada uno de los cuales la cama ocupa algo así como el 85% del cuarto, la cocina que es en modo pasillo también, y los baños. Acá les gusta tener separados water y resto del baño, lo que parece poco práctico (a menos que tengas una pileta al lado del water para lavarte las manos, pero ahí agregas un water al segundo baño y ya tenés dos baños completos). Lo que sí tiene es un pequeño espacio “afuera” (es en una planta baja) con una mesa y unas sillas, entonces cenamos ahí afuera con camperas puestas, en lo que es el “espacio común” de la casa. El criterio que usé para elegir esa casa no sé si es tan recomendable: en airbnb (que habría que boicotear por el BDS, pero ta) todo estaba como en 650+ euros por mes, y apareció esto un día a 450 euros. Después de ver que no estaba tan lejos como para ser un problema, le dí para adelante. No sé si fue una gran elección, pero bueno es lo que uno obtiene con el criterio “lo más barato”. La casa no tiene metro cerca, está como a unas 10 cuadras, pero hay un tranvía (tram para los amigos) que te lleva bastante seguido, y uno pasa a usar bondis y combinar medios de transporte. Igual es medio penal eso de no tener un metro cerquita, no lo recomiendo. Del lado de lo bueno, el kebab es más barato por acá, lo que te da una idea de la cantidad de inmigrantes que hay en ese barrio y el poder adquisitivo de la zona, algo así como el índice Big Mac de Viena.


Ya de sobremesa, suena el timbre, y nos quedamos expectantes ante la venida del 3er integrante de la comunidad. El timbre es de esos que se aprietan, y a los pocos segundos abre sola la puerta que da a la calle, luego un pasillo a mano izquierda, seguirlo cuando dobla hacia la derecha y ahí está nuestro apartamento. Demorada la llegada, abrimos la puerta a ver quién sería. En eso aparece una señora de unos… 65 (70?) años, empujando con cierta dificultad un carrito de supermercado lleno de los objetos más extraños. Entre ellos, algunas verduras y comida, algo de ropa indistinguible, un bastón para caminar, y muchas bolsas de nylon de contenido desconocido. “¿Te ayudamos?” pregunté, ahorrándome mis comentarios sobre la similitud entre la nueva vecina y quienes andan en la calle juntando petates. No hablaba casi inglés, pero se negó con gestos. Una vez adentro, nos explicó que es húngara, y que su hija vive en Austria con su nieta, y su otra hija en Grecia. También que fuma, y que no le importa el cartel gigante de “no fumar” que hay en la entrada, que ella fuma en el cuarto.


Y así empezó esta aventura de bizarra convivencia. Esa noche simplemente conversamos un poco con las concubinas, me asusté cuando la húngara dijo que no le gustaba Lenin, pero me tranquilicé cuando exclamó “Ah, che guevara!” y se puso a cantar “comandante che guevara”. También fue curiosa su descripción de Orban “yo no discrimino a los gitanos, pero él es gitano: roba” (lo que le entendí).


Una protesta serbia


Al día siguiente, sábado, me levanté temprano para devolver la llave de mi casa anterior. Fui hasta ahí, entregué la llave, y me fui a una concentración en solidaridad con los estudiantes serbios. En Serbia hace poco hubo un derrumbe en una estación de trenes que mató a 15 personas. Atrás del desastre se empezaron a destapar corruptelas asociadas a los fondos para mejorar la infraestructura de transporte (parecido a lo que está pasando en Grecia también), y el movimiento estudiantil universitario levantó esa lucha, convocando a marchas masivas. Como hay muchos serbios en Austria, hacen una concentración en solidaridad algunos sábados, con 15’ de silencio por los muertos, y luego unas breves palabras, en su mayoría en serbio, alguna oratoria en inglés. No faltaba un puchito de troskos, casi tan desubicados como yo. Yo fui porque me invitó una compañera del trabajo que es serbia, y me parecía interesante ir a chusmear. Ahí me encontré con que ella había llevado también a una colombiana, con quien compartí el mismo período de militancia estudiantil, y que conocía a muchos de mis compañeros colombianos. El mundo es un pañuelo.


Volví a la casa, que tenía que enviar un artículo el domingo y quería trabajar un poco. Cuando llego, está la “abuela húngara” (hungarian granny) cantando a los gritos música de película yanki, de musical de broadway y así. Me encierro en el cuarto, pero la pared parece de papel, y no hubo más remedio que pedirle que bajara un poco el volumen. Sí, un poco ortiva capaz, pero había que dejar alguna regla clara: a la hora de la siesta no se hace ruido.


Esa noche salí con el chileno, que era el que quedaba por acá, y fuimos de nuevo al lugar latino. Bastante tranquila la cosa, que el domingo tocaba mandar ese artículo.


Roberta


El Jueves antes de mudarme conocí a Roberta. Disculpen que voy un poco para atrás en el tiempo. Roberta es una amiga de Sabrina, a quién conocí la última vez que estuve acá, en el 2022. Ambas trabajan en la ONU, ambas italianas y en cosas contra la corrupción organizada (exceso de italianos del sur en ese sector de la ONU). Sabrina se fue justo para Istanbul cuando yo llegaba, pero me dejó el contacto de su amiga, que parece que es muy piola, y yo apenas había conocido la última vez, simplemente porque no coincidimos mucho.


Ese Jueves era la marcha por Palestina en Uruguay, entonces venía bien juntarse con alguien muy pro Palestina. Roberta vivió un tiempo ahí, trabajando en no sé bien qué de la ONU, pero sé que no la UNRWA. También tiene cierto sesgo hacia el mundo árabe, y la otra vez que vine estaba muy rodeada de sirios, palestinos, jordanos, etc. Con su novio del momento (Wissam, sirio) jugamos algún fútbol 5. Nos juntamos en un lugar que quedaba a mitad de camino entre ambos, y nos pusimos a tiro, conociéndonos un poco. Llevé mi casaca palestina para exhibirla ante quien la sabe apreciar, y me gané alguna sonrisa de vendedores de kebabs.


No duró mucho porque era Jueves, pero estuvo divertido, y puede que esta persona se convierta en otra “amiga de viena” (no confundir con “amigos vieneses”, que son los nacidos acá).


Curiosidades vienesas


Volviendo al presente, tenemos aquí un repertorio de curiosidades sobre Viena. En primer lugar, tienen unos waters con una forma bastante rara, como en dos pisos. Eso hace que lo que uno desprende quede en un primer piso, y recién al tirar de la cisterna el agua lo hace bajar. Según Pedro, es porque les gusta examinar sus desechos. Puede ser, ya nada me sorprende de esta gente. Igual para ser tan limpios parece raro eso de tener que ir al otro baño si te querés lavar las manos.


Por otra parte son muy educados: parecería que levantan lo que sus perros dejan por ahí, esperan a que esté en verde para cruzar la calle (aunque sea un Miércoles a las 2 am y no haya nadie en una calle pequeña), y dicen mucho buen provecho (aunque dicen muy poco buenos días, y en general esquivan la mirada). Sin embargo, tienen un problema severo a la hora de sentarse en asientos en el bondi, tram o metro. Prefieren ir amontonados al lado de las puertas de subida que sentarse al lado de un desconocido. En Uruguay también se dan los embotellamientos en la parte delantera del ómnibus, pero es raro que se den cuando todavía hay asientos libres. Nomás elegís al menos malo: “dónde pasaré menos mal sentado” y ya está.


Para combatir su timidez (o introversión) natural, les gusta mucho emborracharse, momento en que son grandes amigos tuyos, para volver - si acaso - a un discreto saludo el día después. Para esto toman shots de cualquier clase de porquería, incluso una cosa que parece enjuague bucal (“belaluft” o algo así).


Son muy open minded para algunas cosas, como en el sauna que todos andan en bolas (haya o no niños), y a su vez tienen miles de carteles indicando como hacer las cosas. Achtung! (cuidado!) debe ser la primera palabra que aprenden. Me pareció divertido un cartel con tres imágenes: perro caga, dueño levanta, dueño tira bolsa a la basura, con una sola palabra larguísima que incluía las tres acciones.


El sistema de transporte es un relojito, menos cuando se atrasan o cancelan trenes, que no es tan frecuente pero sucede, y cuando sucede descuajeringa todo el sistema. La ciudad es muy limpia, en gran medida por el ejército de limpiadores matutinos (inmigrantes, de Europa del este diría). La basura se junta por edificio, o por conjunto de edificios, en vez de contenedores en la calle, atentos candidatos a la intendencia, son dos cositas nomás: inmigrantes y contenedores por edificio.


Apenas hay un rayito de sol, dejan todo para salir a los espacios abiertos (como el borde del río) a disfrutarlo, y son fanáticos del helado. En estos primeros días de sol no es raro ver largas filas de austríacos esperando para comprarse un helado, muchos de ellos en remera (aunque capaz haya 5 grados).


Como todos los pueblos, se resumen con su carnaval: dicen que tienen, pero no tienen. Capaz hasta piensan que tienen, pero no. En algunos pueblos hay desfiles, pero parece más una hilera de disfraces comunes y corrientes, interrumpidas por alguna chata o auto moderadamente decorados, que algo que mantenga algún tipo de tradición. Al menos en Viena, el único disfraz que ví era un grupo de jóvenes con un “minion” y dos superhéroes.


No quiero ser injusto con los vieneses, que en general parecerían ser simpáticos. Aunque acá en el trabajo, y en general con los inmigrantes con quienes he hablado insisten con que “los austríacos son fríos” y es “difícil hacerse amigos vieneses”, a mí el grupo del primo me integró de primera, pasando al inglés cuando estoy presente, cosa que si la pienso me costaría bastante en Uruguay (cada viernes tener que hablar en inglés porque hay un fulano en la vuelta, ¡qué embole!). Aunque en multitudes políticamente correctos, en la intimidad no dudan en hacer chistes más oscuros, lo que me obliga a encender algunas alarmas dado que algún antepasado en la vuelta debió ser nazi en su momento. Volviendo a los vieneses en general, son amables y  bien dispuestos a ayudar a quien lo necesite - en la calle o el transporte -, aunque si pueden evitan el contacto visual. Entiendo que para quienes somos de otras culturas parezcan fríos o distantes. Al menos mis amigos vieneses, la palabra que más usan en inglés es “motivated” (are you motivated? i’m feeling motivated…) como si fuera el santo grial para ellos, razonable en el ancho mar de medias sonrisas en el que viven.


Final de esta crónica


La semana siguió con bastantes cosas nocturnas, y mucho trabajo diurno. Las nocturnas porque el Miércoles nos despedimos de Gonzalo, el chileno, el Martes llegó Matthias (el primo) que andaba de viaje por NYC, y así hubo cosas y cositas. El Viernes temprano volaba para Berlín, al encuent de Gonza (Belcredi -vuvu- que vive en Munich) y Pater (que vive en USA, pero tiene a su novia Melisa en Berlín). Estuvo muy bueno el reencuentro con el primo, que diría que es “mi más amigo vienés”, y le gustaron los regalos que Lía me ayudó a llevarles (unas tazas “artísticas-uruguayas”).


Por otra parte, deepseek (la chatgpt china) me ayudó rápidamente a resolver los problemas que me atormentaban (al menos algunos de ellos, los que consisten en programar). Tomá pa vos, chatgpt, para que te mueras de nvidia.


Este ritmo hizo que casi no compartiera con mis concubinas, excepto al llegar a casa para cambiarme y salir, lo que era suficiente para enterarme de “en qué anda cada una”.


¿Quieren que les cuente? Bueno, Yelda está recontra bajoneada, no le gusta nada Viena, y cada vez que la veo me cuenta lo mismo que la vez anterior: Viena es super fría y se quiere ir a Barcelona, ciudad con la que “realmente conectó” (?); pero tiene que decirle a su jefe que va a dejar de trabajar y se lo tendría que haber dicho hace dos semanas, entonces está esperando a cobrar el Viernes para luego decirle; y a su vez no tiene muchos ahorros por lo que no le vendría mal trabajar un poco más y cobrar otro sueldo antes de mudarse; pero está confiada en que Barcelona va a ser un mejor lugar; y que detesta Istanbul y el “caos” que tiene, y que tiene que cerrar su cuenta bancaria que abrió en Viena; e incluso que en América Latina se sentiría más a gusto, y que cuánto cobramos allá. Mi respuesta consiste en asentir moderadamente con la cabeza, mientras me guardo mis comentarios: “tendrías que hablar alguito de español para irte a Barcelona o América Latina”, “Viena no es un mal lugar al que migrar para juntar unos pesos, deberías darle una oportunidad”, “si no te gusta el caos, ¿por qué te gustaría Buenos Aires?”, “decile de una vez a tu jefe que te vas en 4 semanas y que vaya buscando a alguien, las vas a cobrar esas semanas y decís que las necesitas”, “no haber abierto una cuenta bancaria, usate las tarjetas truchas para mover dinero entre países”.


Porque no todo es color caqui, Agnes (la abuela húngara) está en su mejor momento. Después de dos matrimonios (de 20ytantos años cada uno), se liberó del yugo y salió a descubrir el mundo. Hablamos oscilando entre su precario inglés, gestos, y el traductor de google húngaro-español. Su cuarto tiene una tenue luz rojiza que consiguió de un modo más bien precario (con una bolsa tapando la lámpara), pero que evoca … lo que se imaginan. Un día me pidió ayuda para arreglar su cama, y cuando entré al cuarto ví que era de esas camas marineras, donde hay una cama simple y abajo otra cama que puede sacarse para llegar a convertirse en una especie de cama doble. La parrilla de la marinera estaba toda salida, y el borde de la cama “principal” estaba muy doblado, ambas señales de violentos movimientos sobre la(s?) cama(s?). La ayudé como pude, acomodando las varillas y forzando a que todo entrara, porque esa noche tenía visita (“gast”, en alemán). Ella nos contó entonces que tiene muchas visitas masculinas, la última la obtuvo hablando a las 2.30 am con un random a través de una página web que según entendí es “pussy at” (at siendo la sigla para páginas en austria). Al rato de conversar, y ante mi incredulidad de que existiera una página que se llamara abiertamente pussy.at, me explicó que no, que era busy.at (o busi.at?). Esta resultó ser una página de citas, que no es muy distinto a lo que me había imaginado, aunque sí menos explícito. Una noche nos empezó a contar de sus algo así como 15 (?) contactos “David at, Christian at, Markus at, ahhh markus I really liked him, Jhon at, Brian at, uh brian, he was hot”. En todo caso, la abuela húngara es la que más se está divirtiendo, viviendo una vida loca que tal vez le fue negada, para sorpresa de los seres humanos de buen gusto, y para alegría de los seres humanos de buen vivir.


Adelantos del próximo episodio:

  • me voy a Berlín de fin de semana

  • “investigar” en el primer mundo, qué es diferente?

  • un mes de estar acá, un mes para volver

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